
Es un pedacito de mi, uno chiquitito, que poco a poco va haciéndose grande. Es cariñoso, muy cariñoso, sus manos se acercan a tocar todo lo que ve, su boca rauda las sigue, para no perder detalle.
Es mi canijo, mi brujito, mi churumbelito, mi tontorrón. Alumbra mi vida, ilumina la vida de todos. Esa pequeña llamita, que a pesar de su tamaño, da luz a todo el que le mira.
Sus lorcitas son comestibles, su piel acariciable, su cabecita una caja por llenar. En ella caben recuerdos, palabras, canciones, susurros, besos, imágenes, miradas, aplausos, sonrisas, colores… todo tiene cabida, todo entra en ella.
Sus ojos te miran sin maldad, con inocencia e impotencia. Sus grandes ojos son de un color indefinido. Solo son superados en tamaño por sus mofletes, grandotes y sonrosados.
Al mirarlo pienso si será feliz, si estará bien, si tendrá frío, calor, si le molestará algo, si tendrá hambre o le dolerá la boca, si lo estaré haciendo bien, o le faltará algo, si estoy aprovechando el momento al máximo… y su sonrisa ante mi, deshace todas mis dudas.
Le achucho, le abrazo mucho, ahora que puedo, ahora que se deja. Sus mejillas llevan miles de besos encima, y aun tienen sitio para recibir muchos más.
Es mi alegría, el rey de la casa, el santo de la casa. Es una gran parte de mi, le he dado parte de mi vida.
Es el niño más feliz del mundo, mi niño.